Abrirme a una nueva experiencia y conocer gente nueva con la que compartía valores me ayudó a ganar confianza en las relaciones sociales. Me sentía más suelta y tengo que admitir que me empezó a gustar romper el hielo. Eso sí, cuando se trataba de conversaciones uno a uno. En reuniones grupales prefería (y aun prefiero) ser la que escucha, pues no me gusta tener la atención sobre mí si no estoy del todo preparada.
De a poco me animé a compartir un poco de mí con las personas, y lo que yo considero indispensable, a interesarme por ellas! Antes no solía preguntar a las personas como estaban, no me animaba y tampoco estaba en mi horizonte de acciones posibles. Fue una especie de músculo que tuve que ejercitar a medida que empecé a apreciar la compañía de las otras personas, sean compañeros, amigos o familiares.
Cuando establecí relaciones estables y significativas con otras personas fue necesario desarrollar habilidades que estaban un poco ‟dormidas″ en mi. Cosas como preguntarle a la persona como estaba cuando hace mucho no oía de ella, invitarla a hacer algo juntas, probar una nueva actividad, y más que nada mantener contacto constante. Algo que aprendí y también considero fundamental es expresar gratitud hacia las personas que estuvieron y están para nosotros, apoyándonos y llenando de significado nuestras vidas.
Una de las habilidades que más entrene (y quiero seguir entrenando) es la vulnerabilidad. La vulnerabilidad, al contrario de lo que muchos pensábamos, es una fortaleza, no una debilidad. Exponerme a las cosas que me daban miedo e incluso pánico me enseñó que nuestra fortaleza reside en nuestra disposición a revelar nuestros puntos débiles, nuestra sensibilidad. En otras palabras, la vulnerabilidad me enseñó a descubrir que sentir miedo, vergüenza y desconfianza es humano y que todos pasamos por ese tipo de experiencias en nuestras vidas.
Así, paso a paso, me empecé a sentir confiada hablando y conectando con otras personas. No fue algo que pasó de la noche a la manana. Al principio se sentía extraño e incómodo para mi salirme de mi cascarón y hablar con otras personas, o hacerles una pregunta (algo que parece tan simple pero muchas veces no me animaba a hacer). Sin embargo, la exposición continua a lo que me provocaba ansiedad valió la pena y me permitió disfrutar de lo lindo de las relaciones humanas.
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