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Día 20 – Memorias. 2016, año de altos y (muy) bajos

 Diría que hasta tercero de la secundaria mi vida fue corriente. Tenía un grupo de amigas en la escuela y sentía que pertenecía a ese grupo. Fuera de la escuela me dedicaba a entrenar en el campo de golf porque competía en torneos regionales y nacionales. Además, iba a clases de inglés particular.

Más tarde, a principios del 2016, viaje a Japón con mi mamá a visitar a mis abuelos. Sentí el shock cultural a pesar de tener influencia asiática. Me sentía identificada con los japoneses por su seriedad, distancia, su forma de ser más reservada. 

Japón, Kinkakuji Temple, 02/2016

Cuando arribé de vuelta a Argentina tenía que volver a la escuela y entrenar. Lo académico nunca fue para mi un gran problema, lograba buenas calificaciones, era aplicada y a pesar de mi introversión me gustaba participar en clase. Creo que también le caía bien a los profes, porque no daba nada de trabajo y era responsable.

Lo que se hacía difícil era el golf. Durante muchos años estuve entrenando arduamente para competir pero nunca me había cuestionado si realmente me hacía feliz. Sentí que estaba en automático durante esos años. No tenía el suficiente coraje como para abandonarlo, lo veía como una obligación. No veía otra opción que seguir entrenando, de lo contrario temía no ser amada. Mi padre me estuvo entrenando desde que era muy chiquita, desde los 3 años para ser exactos, y lo seguía haciendo por esa época de mi adolescencia. Supongo que era normal mi comportamiento, soy hija única y sentía que el golf era lo único que me unía a mi padre.

Japón, Yokosuka, 02/16
Chivilcoy, Argentina, 02/2017


No digo que odiase el golf. Me parece genial ese deporte (y los deportes en general) pero durante la mayor parte de mi actividad deportiva sentí mucha presión por tener un buen rendimiento. Además, me sentía muy separada de los demás golfistas con los que competía. Ellos se juntaban luego de jugar a charlar y a hacer cosas que hacen los chicos de esa edad, mientras tanto yo me escondía y quería parecer lo menos visible posible. Me daba vergüenza estar con ellos me sentía tan diferente ¿Y si me rechazaban? ¿De que iba a hablar si apenas decía algo? ¿Por qué socializar y hablar resultaba tan natural para ellos y para mi eso estaba fuera del horizonte de posibilidades? Esas eran algunas de las preguntas que rondaban en mi cabeza en aquella época. Este comportamiento de ostracismo se mantuvo durante más de 10 años. Como consecuencia me daba cuenta de la mirada de rechazo y hostilidad de personas que competían conmigo y eso me hacía sentir herida, anormal y me tiraba más abajo.

Cuando te identificas con una forma de ser puede ser peligroso. Bueno, yo me había adaptado a esa forma de ser que daba tanto rechazo o pena o disconfort o que se yo en las personas. Ahora que ya pude pasar por la etapa de aceptación y perdón ya no me culpo. Entiendo que fue lo que fue. Fue doloroso, me hizo perder tiempo de mi vida pero también me ayudó a convertirme en la persona que soy hoy.



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