Lo más apropiado sería empezar por el principio. Pero voy a hacer un acto de rebeldía y empezar mas o menos por la mitad.
Si tengo que ubicar en qué momento de mi vida me sentí como una extraña diría que fue en la secundaria. No es raro que en esa etapa de la adolescencia nos hayamos sentido raros, perdidos y a veces desesperados por los cambios que nos ocurren tanto física como mentalmente. En mi caso, se me hizo patente que yo era diferente a mis compañeros de mi misma edad. Ufff, y cuando digo diferente no me refiero a que yo me sentir superior, sino que me sentía como más apagada, más introspectiva y más solitaria. Había cosas que no entendía de las otras personas, como podían verse tan felices, como podían reírse y hablar y hablar. En primer lugar, la escuela era un lugar muy ruidoso y sobreestimulante para mi personalidad hipersensible, y en segundo lugar, me costaba conectar con las personas de mi edad, me costaba entenderlas, ponerme en su lugar. Por eso, no era raro verme sola, adelantando las tareas, mientras mis compañeros conversaban sobre algo que yo no entendía.
Fueron años duros, a nivel mental y emocional. Pasé por una etapa de depresión de la que recuerdo breves pantallazos. No me había preguntado hasta ahora si mi introversión y timidez (y sumada mi sensibilidad) habrían podido influenciar en mi salud mental de esos años... Pensándolo bien, si, fueron factores que propiciaron haber vivido todo esto. Pero OJO! No estoy diciendo que las personas con introversión tengan una mayor probabilidad de padecer una enfermedad mental. Creo que cada caso es único y no debemos comparar la experiencia de una persona con otra. Hay un montón de factores que entran en juego, como la disposición genética, el bagaje cultural, el contexto social, etc, etc.
Estoy convencida que en mis años de secundaria fue cuando me di cuenta que era una introvertida. No fue un día que lo leí por ahí y dije –Aja! Soy una introvertida, ahora lo entiendo todo. Sino fue más bien como un proceso de sanación y una decisión consciente de querer vivir mi vida. Con respecto a la timidez, fue algo que siempre la llevé conmigo, como una sombra, en algunas situaciones con más intensidad que en otras. Todas las personas que me conocían podían asegurar que yo era tímida hasta la médula. No me sacaban una palabra. Lo malo de las etiquetas es que se van volviendo un hábito. No se trataba de ser tímida, sino de actuar fielmente a la timidez con la que se me caracterizaba, para conformar a todo el mundo de que ‟yo″ seguía siendo ‟yo″, después de todo.
Quiero dejar esta entrada de blog por acá. Me siento feliz de haber podido ‟romper el hielo″ con esta nueva sección del desafío. El próximo sábado seguiré contando sobre la introversión y mis años de secundaria.
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